LA CALLE DEL ESPANTO

En ¨México, en la calle que actualmente conocemos como Pino Suárez, por el año de 1581, se llamaba o más bien era conocida como la “Calle del espantoso”

 En ese lugar vivía Don Santiago del Salcedo y Romo, un rico descendiente de uno de los soldados que llegaron atierras mexicanas, pero como la mayoría de los ricos hacendados era cruel y abusaba de su poder con los pobres indígenas.

 Una noche en el que dicho personaje celebraba algo, apareció ante él una hermosa dama que levantaba sospechas a los criados, pero don Santiago la reconoció sintiéndose alagado y dichoso de tenerla en su casa.

 Levantándose de donde se encontraba, haciendo un acto de reverencia propia de un caballero de su categoría, dijo a la dama.

¡Doña Ana, es un privilegia y una ventura tenerla en esta su casa!

 La misteriosa dama, se acercó llevando su rostro cubierto con un velo y diciéndole.

 __Ruego caballero me acompañe, me encuentro en problemas y sé que es usted una persona de confianza__

 Era una noche fría y soplaba un viento helado por las calles, pero eso no le importo al caballero, que ya en ese momento se encontraba tras la dama, el hombre en cuestión hacía tiempo que anhelaba el amor de aquella mujer, por lo que se sentía dichoso de tenerla frente a él y sobre todo pidiéndole ayuda.

 Caminaron por varias calles hasta llegar a una casa y la joven del velo dijo al caballero.

_Por favor, llame a la puerta, señalando el portón__

 Pero para sorpresa del hombre, antes de llegar a tocar, la puerta se abrió de par en par. Por el momento eso llego a intrigar a don Romo, pero prefirió seguir a la bella mujer a través del gran patio y por fin llegaron a un gran recinto bastante oscuro.

 En vano le pidió a la dama le dijera como iba a ayudarla, pero doña Ana solo le indicaba que esperara.  Entonces ella encendió una gran vela y fue cuando ante los ojos de Don Santiago, hubo algo que hizo que los pelos de su cabeza se le erizaran.

 El pobre hombre lo único que dijo fue ¡No no  puede ser! El hombre gritaba lleno de terror.

Lo que vio eran unos espectrales seres, quienes le dijeron

 __No tema don Santiago, ya lo estábamos esperando. Ahora nos toca a todos nosotros juzgarlo__

El hombre trato de correr lleno de miedo hacia la puerta, pero doña Ana se lo impidió, tomándolo del brazo.  El trato  de zafarse de esa mano que lo apretaba y en el forcejeo, cayo el velo de ella y dejo ver su descarnado rostro.

 ¡No, no puede ser, grito el hombre lleno de miedo y con el horror reflejado, desaparezcan, seres de ultra tumba, váyanse de mis ojos!

 El espectro de doña Ana, tomó nuevamente el brazo del caballero, que sintiéndose morir, y soportando el frío de esa mano y el halo de muerte del lugar, cayó desmayado al suelo.  Paso mucho tiempo así, pues cuando volvió en sí, empezaba a clarear el día.  Al abrir los ojos, reconoció el lugar donde en la noche había visto a aquellos seres infernales, y pensó que había soñado, pero al mismo tiempo se decía, “Si lo soñé, como habré llegado a este lugar”

 Salió del lugar, y se dirigió al convento de Santo Domingo, a donde se refugió y contando lo sucedido y llevado a una celda donde podía permanecer hasta que se tranquilizara.

 Estando a solas, recordó cada vez más claros lo sucedido en la noche anterior y recordó como una de las voces de aquellos seres espeluznantes se parecía a la de Fray Sebastián, abnegado protector de los indígenas que luchó contra la crueldad de los encomenderos.

 Recordó viviendo los momentos en los que el castigaba con su látigo a los indígenas ante la presencia del franciscano.  Recordaba como el fraile, sufría cada vez que el castigaba con gran coraje a esos pobres hombres hasta verlos caer sin sentido.  Y veía como el gran religioso, auxiliaba a esos infelices curándoles las heridas y confortándolos con sus palabras llenas de consuelo y amor,

 Recordó también, que no solo maltrataba a los indígenas, sino que hacía llevar a las jóvenes esclavas a sus aposentos. Y cuantas veces el pobre fraile trato de poner en conocimiento a las autoridades, pero no lo logro ya que tropezaba con grandes obstáculos.

 Así llegaron a su mente lo que había hecho, recordó que el mató al novio de doña Ana, y de igual forma había hecho lo mismo con el padre de élla, lo que él no supo fue que doña Ana, había muerto por el recuerdo de su amado y su padre y ella habían muerto el mismo día, habiendo sido velados y enterrados el mismo día.

 Recordó también, que el fraile Sebastián había estado en contra de él y que por su culpa había sido investigado de sus ultrajes, pero que él había sido muy listo matando al pobre fraile, haciendo creer a las autoridades eclesiásticas, que él solo se había ahorcado y al pobre clérigo le había sido negado ser enterrado en lugar santo.

 Recordando todo su pasado y todo lo que había hecho, no escucho que entro un sacerdote y le dijo.  __Estoy aquí para escuchar su confesión. Pero el contestó, discúlpeme padre, pero estoy tan nervioso que no puedo confesarme todavía, y le pido a su eminencia, me permita quedarme una noche más aquí en el convento.

 El caballero pensó que así estaría a salvo de esas horribles apariciones pero fue peor, ya que su temor se acrecentó, ya que esas apariciones, llegaron hasta su celda del convento.

 El semblante del hombre era el reflejo de un hombre enfermo ya que su aspecto era amarillento y enfermizo, que alarmaba a los dominicos, quienes observaron durante varios días su conducta, llegando a la conclusión de que siempre estaba angustiado y lleno de miedo. Y por las noches era peor, ya que gritaba con unos alaridos horribles, tanto así era que los pobres monjes temían que estuviera volviéndose loco y los pudiera atacar, por tal razón no acudían a auxiliarlo, y prefirieron cerrar su celda para que no pudiera salir.

Así fue, Don Santiago no podía salir y todas las noches tenía ante él a cuatro espectros quienes lo acusaban con sus dedos descarnados.

 __Has evadido el juicio de los hombres, pero no podrás evadir el nuestro. Dijo el espíritu de Fray Sebastián__

–Tus crímenes merecen la horca, le decían con miradas amenazantes.—

–Tú pides piedad, es lo que no tuviste con los indígenas a los que masacrabas sin piedad y que te pedían clemencia y tú no escuchabas, le dijo el ánima de Fray Sebastián.

 __Tengan piedad de mí, gritaba con terror, don Santiago, déjenme salir__

Los monjes ya no aguantaron más, y pidieron al caballero se fuera del convento, pero don Santiago suplico lo dejaran seguir con ellos, ya que si salía del recinto algo malo le iba a ocurrir, así que lo único que hicieron por el hombre fue que lo acompañarían algunos frailes a su casa, ya era de noche así que caminaron aprisa y don Santiago a cada paso que daba miraba por todos lados, como si temiera encontrar algo malo en el camino.

 Iban caminando cuando de pronto se les aparecieron cuatro sombras cerrándoles el paso a don Santiago y a los frailes que iban con él, y hablando con voz de ultratumba, levantaron las manos diciendo.

__¡Alto! Dijo una de ellas, Don Santiago debe venir con nosotros. Ya es hora de que cumpla su condena.

Los frailes, llenos de temor tomaron sus cruces, pero don Santiago, enloquecido echó a correr despavorido por las calles, gritando.

 ¡Ayúdenme, piedad de mí! Gritaba con gran desesperación.

 Los monjes, fueron testigos de un hecho aterrador.  Aquellas cuatro sombras iban detrás de don Santiago, quien seguía corriendo y gritando, hasta que cansado ya no pudo correr más.

 Don Santiago, llego al callejón que en ese entonces se llamaba Salsipuedes, hoy conocido como Dolores, y llorando imploraba piedad.

 Pero aquella noche estremecedoramente fría, la ciudad se estremeció con los alaridos de Don Santiago, qué era llevado por el aire conducido por cuatro acusadores espectros.  Nadie se atrevió a salir de sus casas, ni siquiera quisieron asomarse por las ventanas, ya que tenían miedo de encontrarse con algún demonio

 A la mañana siguiente los vecinos de la calle, hoy segunda de Pino Suárez, contemplaron ante la casa del que había sido un tirano con sus esclavos, una horca negra, y en ella la cabeza de aquel perverso hombre cuyo cuerpo se balanceaba con el viento.

Se llego a contar en esa época, que aquel espectro vago por las calles, lanzando gemidos despavoridos, que causaban temor a los habitantes de la Nueva España, llegando a llamársele la Calle del Espanto, hasta que la Santa Inquisición intervino para prohibir que se le nombrar de esa manera.

 Y años más tarde  la calle recibió el nombre de Bajos de Porta Coeli.

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